Entre puños y agarres

Arturo “El Cuyo” Hernández, forjador de campeones mundiales de la época de oro de los pesos gallo

Fue un hombre adelantado a su época. Tuvo muchas mujeres, pero sólo dos grandes amores -María, su mamá, y Victoria Uralde- y 10 hijos. Vivió 20 años sólo con un cuarto de riñón injertado al hígado. Hizo campeones mundiales invictos a Rubén Olivares, Carlos Zárate, Alfonso Zamora y Ricardo "El Finito" López

El pordiosero

“Mi vida es el box”.

La pasión con la que Arturo “El Cuyo” Hernández se entregó al deporte mas rudo, lo llevó ser uno de los manejadores de boxeadores mas grande del mundo: a él se debe la época dorada de los pesos gallo en México.

Como peleador no destacó. Acostumbraba ironizar con su paso como amateur: perdió, decía, 11 de 10 combates que sostuvo.


La grandeza de la que hacía gala, radicó en labrarles -y con ellos a él mismo- un futuro a quienes lo traían cancelado desde su nacimiento. Sin sus conocimientos, sus regaños, sus estrategias y hasta sus malos humores, personajes como Rubén “El Púas” Olivares, Carlos “El Cañas” Zárate, Alfonso “El Dado” Zamora, Rodolfo Martínez y Lupe “El Indio de Cuajimalpa” Pintor, no hubiesen escrito la más brillante página en peso gallo de la historia del boxeo mexicano.

Tuvo genialidad hasta su muerte: unas semanas antes de emprender el camino hacia el infinito, le pidió un último favor al presidente del Consejo Mundial de Box (CMB), José Sulaimán: una pelea de campeonato mundial para Ricardo “El Finito” López, considerado posteriormente el mejor del mundo Libra por Libra. Una vez que el boxeador regresó de Japón con el cinturón, fue a reconocerlo: en realidad fue una despedida, unos días después, el 20 de noviembre de 1990, el mítico manáger murió.


“El Cuyo” era un genio nato: cuando empezó a entrenar a “El Finito” López, le descubrió cualidades que le llevó a pronosticar que sería campeón mundial: fue él quien le enseñó la técnica que le permitió retirarse invicto en 52 peleas -con un solo empate en su larga carrera-, lo que ya no vio.

ENAMORADO DE SU MUJER; MUJERIEGO EMPEDERNIDO

Su vida fue el box, deporte que le dio fama y dinero como seguramente nunca imaginó. Pero también tuvo muchas mujeres y más hijos. Sin embargo, solo una fue su ejemplo: María, su madre -a su padre no lo conoció- y a la que tuvo tiempo de disfrutar por la larga vida de la que gozó: casi 100 años.

Forjó una leyenda que permanecerá para siempre en el boxeo. Quizá sin proponérselo, o tal vez de manera consciente, vaya usted a saberlo, en público era uno, y en privado estaba preocupado por sus hijos, desapegado del dinero y especialmente cariñoso con su nieta predilecta: María, la más pequeña entonces.

Frente al mundo era un entrenador irascible que con frecuencia entraba en roce con la prensa, e incluso con algunos de sus boxeadores. Actuaba como una personaje intratable que le valió ser conocido también como “El Tormentoso”.

-Que hablen de tí, bien o mal, pero que hablen de tí -decía, lo que para su nieta María Rodríguez Hernández, muestra que su vida profesional estaba muy bien planeada, porque “no daba paso sin huarache”. Parecía tener un plan de negocios, que giraba en torno a un personaje central, él mismo que le permitió, orientó sobrevivir, y posteriormente triunfar, lo que además le permitió ser un hombre feliz.

En la intimidad era otro, entregado a la familia, al pendiente de todos sus hijos, con un único pequeño vicio: las apuestas, porque no fumaba ni tomaba alcohol.

María fue su nieta predilecta, a la que le daba dinero cuando le llevaba pulseras y collares que ella de niña -él murió cuando tenía apenas 5 años- le bordaba. En la siguiente ocasión que lo veía, las llevaba puestas.

Con una especial capacidad para sobreponerse frente a las adversidades, fue un autodidacta demasiado adelantado para su tiempo: entre sus anécdotas la que más se le recuerda es aquella en la que cuando alguno de sus boxeadores por alguna razón no tenía la enjundia en el combate, le daba un mejoralito -“mejor, mejora, mejoral” rezaba la inolvidable publicidad-, que en realidad era estrategia para cambiarle el ánimo.

LA GRANDEZA DE UN AUTODIDACTA

Pero tuvo otra que define la grandeza de este grande del box: uno de sus peleadores, Rodolfo Ramírez, estaba demasiado excedió de peso un día antes de subir a la báscula para una pelea muy importante. “Lo metí en un zarape grueso y enrollado se puso a sudar los diez kilos; los bajó, pero nadie creía que podría pelear y mucho menos ganar. Peleó y ganó”.

Era dicharachero: “no porque las sillas de la Arena México tengan 100 años, saben de box”.

La vida personal de “El Cuyo” Hernández está plagada de lecciones: para María su nieta, fue un hombre adelantado a su tiempo que planeaba detenidamente su forma de actuar frente a los demás, un creador de su propia imagen, pragmático. “Era muy seguro”, define.

Con Victoria Uralde, su gran amor, tuvo a 4 de sus 10 hijos reconocidos. Aun cuando se separaron -“se quisieron hasta el final de su vida”, está segura María-, él pasaba los fines de año y los cumpleaños con la familia que formaron, pese a que había formado otra familia.

“Don Arturo” lo llamó siempre ella, quien cada vez que era necesario pedía escuchar “Amor eterno”, la canción que le recordaba el inmenso sentimiento que lo unía a él.

“¿Como te vas a juntar con ese hombre?”, le cuestionaron a Victoria sus hermanas, que con 22 años de edad, decidió unir su vida a la futura leyenda boxística que para entonces contaba con 35 años y ya por lo menos 3 hijos -Sergio, al que procreó cuando tenía 17 años, Luis y Yolanda-. Ambos vivían en la calle de Zarco, en la Colonia Guerrero, en la Ciudad de México, donde se conocieron.

Pese a que sus hermanas le retiraron el habla por un tiempo -había quedado huérfana muy pequeña-, Victoria mantuvo su decisión. Más tarde, la pareja cambió su domicilio a una casa en la calle de Yácatas esquina con Luis Saviñón, en la Colonia Narvarte, donde vivieron hasta que ella descubrió que amoríos con otra habían procreado una hija.

El nombre original de ella fue Victoria Eugenia. Sólo que el registro civil, en San Luis Potosí, donde estaba su acta de nacimiento se quemó. Tiempo después tramitó una nueva acta de nacimiento, y le pusieron María Victoria.

Victoria, igual que el manáger de boxeo, fue una mujer progresista: un día sonó el timbre de la casa. “¿Aquí vive ‘El Cuyo’?”, le preguntó un jovencito cuando abrió la puerta. “Soy Sergio, su hijo”. Con la mayor tranquilidad ella lo invitó a entrar con toda naturalidad, como si siempre hubiese sido un integrante más de la familia; en correspondencia él la cuido en sus días finales.

Con Yolanda logró una relación de tanta cercanía, que acostumbraban desayunar una vez al mes. A todos los acogió como si fuesen sus propios hijos.

Ella fue una mujer que supo enfrentar la fama de su marido -nunca se casaron-. Un día, una joven llamó por teléfono y dijo llamarse Gloria Hernández y ser hija de “El Cuyo”.

“Sí, puede ser”, respondía él cuando aparecía alguien que decía ser su hijo. Para María, su nieta, tenía todo para ser mujeriego: guapo, millonario, famoso.

VIVIÓ 20 AÑOS CON UN CUARTO DE RIÑÓN

Con Victoria tuvo 4 hijos: Victoria Eugenia, Arturo, Jorge Antonio y Silvia.

Un gran amor que en 1960 se interrumpió pese a que Silvia, la más pequeña de sus hijas tenía unos meses de nacida: la vida puso frente a “El Cuyo” a Hortensia, una mujer que cantaba en un centro nocturno de una belleza espectacular.

Victoria supo que “Don Arturo”, el amor de su vida tenía una hija -Elizabeth, la nombraron- con aquella mujer y le pidió que abandonara la casa.

La nueva pareja se asentó en una casona localizada en San Bernabé -por el Cerro del Judío-. Ella tenía dos hijos a los que “El Cuyo” adoptó. Enrique, uno de ellos y que utilizaba el apellido Hernández, le llevó posteriormente la contabilidad.

A finales de la década de los ochenta, María tiene la certeza que fue en 1988, la Secretaría de Hacienda y Crédito Público le reclamó el pago de impuestos -estima que eran unos 10 millones de pesos a precios actuales-. La impresión, derivó en una diabetes.

Fue esa enfermedad la que lo doblegó, la que terminó llevándoselo, lo que no pudo hacer el cáncer de riñón que enfrentó durante años. 

En Houston, para combatir la enfermedad, le quitaron un riñón. Sólo que el cáncer, ese maldito mal implacable, contundente, lapidario regresó y fue necesaria una nueva operación que le redujo a sólo un cuarto el otro riñón, conectado al hígado, con el que vivió 20 años.

“No me quejo”, le dijo a su hija Silvia, en una entrevista-semblanza que pretendía ser su autobiografía.

Pese a que ya le habían diagnosticado la diabetes, cuando lo visitaba su nieta predilecta, enviaba al chofer a que comprara helados de limón: ella se comía la nieve y él los barquillos.

 No era el clásico abuelo besucón y abrazador con los nietos. Pero por Maria tenía una especial predilección, a la que buscaba y mandaba llamar. 

Los últimos días, consumido por la diabetes -murió muy rápido, quizá en dos semanas después de agravársele la enfermedad- fue cuidado por todos sus hijos.

Incluso Hortensia externó su disposición a no estar en casa para permitir que Victoria se despidiera de él. La oferta fue rechazada: “mi lugar es mi casa”, respondió.

Ni siquiera estuvo en el funeral, pese al inmenso amor que le tuvo, a quien cada vez que podía le reconocía su buen vestir -casi siempre de pantalón café sin cinturón, saco del mismo color a cuadros y camisa blanca-. “El dandy”, lo festinaba.

La fortuna que acumuló en su exitosa carrera -era tan honesto, rememora María, que no tenía un peso que no fuera suyo- y que incluía edificios con locales comerciales en Avenida Universidad, no quedó nada, sólo sospechas de quien, incluso mediante falsificación de documentos, se la quedó, alguien que se dice hija de él pero que genera sospechas.

A ella, la predilecta, sólo le quedó un trofeo -y no uno de los importantes que regaló a un discípulo de su abuelo- y una medalla de la Virgen de Guadalupe que un día perdió. 

La casona de San Bernabé, era horrible, recuerda ahora María, fue creciendo sin ton ni son, un cuarto aquí y otro más allá. En la planta baja había un jarrón que a su abuelo le regalaron en uno de sus múltiples viajes, que desentonaba con la fealdad de paredes y pisos. Era como un museo, pero mal hecho.

No murió pobre; pero no con la fortuna que acumuló. ¿Dónde quedó esa riqueza? Perdida, difuminada mediante acciones que pudieran incluir falsificación de la firma de “El Cuyo”, aún cuando a punto de cumplirse 32 años de su muerte, no hay interés de nadie por saber con precisión dónde quedó.

María, su nieta, es una mujer inquietantemente guapa, con una mirada que cautiva. El entrevistador concluye que si ella cree que su abuelo fue guapo, genéticamente fue su herencia.

AUTOBIOGRAFÍA INCOMPLETA

Silvia, la hija menor que procreó con Victoria -a la que dejó de meses de nacida para vivir con Hortensia- estudió comunicación en la UNAM. “El Cuyo” en una entrevista-sembalanza, cuando tenía 72 años de edad, le empezó a contar lo que sería su biografía, de la que se desconocen las razones por la que quedó incompleta. María conserva un par de hojas. Era la época en la que nuestro país sólo tenía un campeón mundial: Lupe “El Indio de Cuajimalpa” Pintor, en peso gallo.

Se refiere a sus 10 hijos, de los cuales dos estudiaban sus carreras profesionales, y otro, Arturo, está relacionado con el box, “pero sólo en cierta forma”, al ser propietario de la empresa “Casanova”, fabricante entre otros implementos, de guantes para pelear -Rocky Marciano los utilizó en alguna de sus peleas-.

“Yo vivía en la Colonia Guerrero y me gustaba mucho jugar a las canicas con mis amigos del barrio; un día después de un juego, les había ganado todas las canicas y uno de los niños me fue a acusar con su mamá y como no conocía mi nombre le dijo: aquel de ojos de cuyo fue el que me robó mis canicas, de ahí a la fecha llevo ese mote”, escribió su hija que le dijo.

Tal vez sin proponérselo, confirmó la imagen que de él tendría su nieta María: “muchas veces tienes que invertir en ellos -los boxeadores-, pues la mayoría no tiene medios económicos; si se puede recuperar lo invertido, bueno, si no, pues mala suerte. De todas formas hay que jugar el albur “.

Durante 52 años de su vida había dedicado al box.

“El peleador no se hace, nace”, y puntualizó: el manáger, además de educarlo boxísticamente, debe “buscarles horizontes de importancia, y aun más si responden”.

Y en esa entrevista-semblanza parece confirmar que llevó a cabo su vida profesional con un plan previamente concebido:

“De mi vida privada no me gusta hablar, una cosa es mi trabajo y otra mi familia, no me gusta mezclarla pues después los periodistas se agarran de eso para perjudicarlo a uno y no tienen porqué verse envueltos en mis líos”.

“EL BOX ES MI VIDA”

“..he vivido en la pobreza y ahora con dinero, pero no con lujo. He tenido muchas satisfacciones y disgustos, pero creo que es mejor recordar lo bueno, sigo y seguiré trabajando hasta el fin porque el box es mi vida”.

A lo largo de su exitosa carrera, Arturo “Cuyo” Hernández, dejó una huella indeleble en el boxeo mexicano: 12 campeones mundiales -algunos sostienen que fueron 17-, incluidos Rubén “El Púas” Olivares, Carlos “El Cañas” Zárate, Alfonso “El Dado” Zamora, Rodolfo Martínez y Lupe Pintor que junto con otros escribieron páginas de oro de los pesos gallo.

Forjó 37 campeones nacionales, de acuerdo con la semblanza que se le hizo cuando lo ingresaron -ya muerto- al Salón de la Fama, en Canastota, Nueva York.

Entre sus logros, logró que “El Púas” Olivares, “El Cañas” Zárate, “El Dado” Zamora y “El Finito” López se coronaran invictos como campeones mundiales.

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