Opinión

De memoria

Desvariando…

por Carlos Ferreyra
Dicen que el alquiler de cada camión de pasajeros promedia diez mil pesos; alrededor de la Alameda fueron contados nada menos que 275 vehículos en los que arribaron, también en promedio, 40 personas en cada uno.
Cada pasajero, al abandonar el camión, recibió 200 pesos y una bolsa de plástico transparente con un refresco, alguna fruta y la consabida torta o el respectivo sangüich.
Los encargados de la logística, viejos y muy experimentados arrieros tricolores, de cada determinado número de bolsas con billete, guardaban algunas “pa’la causa”. Un mandil o pechera morada y el letrero de Morena facilitaban saber cuál causa.
Si antes no eran mejores, al menos resultaban mas económicos. Al tío Leopoldo le tocaba arriar a un número determinado de campiranos de los alrededores de Morelia. El atractivo para los presuntos participantes era el viaje a la capital del estado, además de que les darían su bastimento y hasta paletas heladas.
Los llevaban, los regaban por la plaza del magno acto ciudadano, los recogían y entrada la tarde volvían, sorprendidos de la enormidad de la ciudad, asoleados, comidos y paseados. No los obligaban a agitar banderines ni a levantar pancartas, su presencia era garantía de la profunda penetración del candidato en el animo popular.
Corchetitos: Morelia era un pueblote de menos de 50 mil habitantes. Los transportes no eran contratados previamente sino detenidos en cualquier lado y enviados a cumplir la tarea. Una modesta gratificación y la gasolina era el pago total.
Un episodio antes narrado: furioso el dueño de un volteo fue obligado a llevar su pasaje hasta la Plaza Melchor Ocampo, adjunta a la Catedral y frontera al Palacio de Gobierno. Allí le ordenaron descargar, jaló la palanca y todos cayeron cuando se levantó la caja. El chofer, siempre furioso, sólo repetía: me ordenaron descargar y así se descargan los volteos.
Huesos rotos, muchas risas y castigo ejemplar: al camionero no le dieron para la gasolina.
Este día, 3 de diciembre aniversario de la expropiación bancaria, estuve viendo por televisión toda la pachanga. Bendita sordera, me evitó escuchar tartajeos y exacerbaciones, las furias mal contenidas del personaje al que observé en lo que los especialistas llaman Camara Rusa.
La imagen sin sonido hace que los defectos físicos y los gestos y ademanes se vean como en película muda. Sin proponérselo los actores se muestran en toda su espléndida ridiculez. Así fue.
No había necesidad de abrir las orejas para entender cada momento de coraje. Porque hasta en los datos que desde su punto de vista eran positivos, los gestos, el rostro ceñudo y las manos como aspas de molino, recalcaban cada frase que se adivinaba, por cierto, sin conexión con la anterior.
No era, de acuerdo con mi punto de vista de sordo, el tranquilo informe al pueblo sino la inducción, el adoctrínamiento confundido con la voz fuerte y la contundencia de frases. No necesariamente argumentos.
La presencia de los mariachis del ex Estado Mayor me recordó las veces que recorrimos medio mundo con Lopez Portillo y los bravíos cantores eran nuestra eterna compañía, además de María de Lourdes y del célebre “mayor” de Viento Negro.
No vi euforia, no aprecié sino cierto fastidio por la larga espera y cansancio en los momentos de mayor pasión en los ademanes del orador. El respaldo, los funcionarios que permanecían como mal acomodado marco para el mandatario, aguantaron tal cual era de esperarse en relación al salario
Los gritos de ¡Presidenta, presidenta, presidenta! Con que orlaron el aura divina de Claudia Cheimbaun quien fue a eso, a recibir en vivo y en presencia del Santo Señor el apoyo del pueblo bueno. Para mostrar que YSQ nunca se equivoca.
Precavido, Ricardo Monreal hizo mutis. Se acogió a actividades menores del Senado para no asistir al magno homenaje. Eso si, hizo que su hermano David, en el turno de dueño de Zacatecas, estuviera presente… y aplaudiera.
El largo, ditirámbico, elogioso discurso en su parte relativa a los uniformados, con acento más que notorio al mencionar al Ejército sobre la Marina y dejando de lado a los uniformes gris rata de la Guardia Nacional, fue otra confirmación de lo que sabemos, los aguacates al poder.
Desde luego los 250 mil asistentes quedaron en los reportes para el egómetro presidencial, así como los datos de quienes pretendieron hacerle saber que, para acarreados, los tricolores. Y los panistas.
En fotos antiguas se muestran las manifestaciones populares. Asistencia obligatoria, con lista de presente, los miembros de los sindicatos afiliados al PRI. Acarreados, sí, pero sin pago por medio.
Y la plaza se llenaba, daba vuelta a callejuelas vecinas, se estiraba por Pino Suárez y 20 de Noviembre, pero ni aún así alcanzaba la ilusoria asistencia de mas de 90 mil, cien mil concurrentes. No caben mas.
En todo caso toda realidad se mira según el color de tu cristal…

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