Opinión

De memoria

La muerte de un becerro…

por Carlos Ferreyra

Los vi llorar, hombres de oscuros antecedentes, pistoleros políticos que jamás lamentaron quitar una vida, pero lo que miraban les estrujaba el corazón.

Para entenderlo, los dueños de ganado conocían por nombre a cada cabeza. Atendían sus necesidades y curaban sus males uno a uno.


Entre las vacas de mi padre, ya lo platiqué pero lo repito para que se entienda cabalmente la tragedia, había una vaca chaparra, flaca, con ciertos rudimentos de cuernos, que no daba leche ni servia para el rastro.

La Fortuna era su nombre. Un animal que apenas intuía la llegada de mi madre, corría al portalón del establo y cuando llegaba la señora, se colocaba a su lado y así, como perro fiel, la acompañaba. Cuando fue necesario, la defendió de otras reses más robustas.

Los dueños de hatos no grandes, quieren a sus vacas como usted, lector, quiere a su perro, a su gato o a su novia.


La aftosa provocaba el surgimiento de ampollas en hocico y pezuñas. Estas aftas de hecho condenaban a morir de hambre a los animales, que se derrumbaban y ya no se ponían de pie.

La enfermedad, así como la creación de la Comisión México Americana para la Erradicación de la Fiebre Aftosa, fue en 1947, el sexenio de Alemán que ni tardo ni perezoso creó el organismo y lo entregó a los enviados del norte.

En muchos sitios se levantó el pueblo en armas, se decía que los animales serían enviados para alimentar a los soldados yanquis y que además se buscaba cambiar y tecnificar el campo mexicano.

Técnicos nacionales y varios extranjeros, cuya protección militar no era suficiente, murieron a manos de las turbad campesinas, el hecho más notable en la época, la lapidación de un gringo joven de apellido Proctor, asesinado a pedradas, rematado a machetazos y enterrado en tierra bruta, cerril.

Un día llegó a Morelia el rifle sanitario. Enormes armas que portaban gringos güeros con facha de exploradores selváticos.

Por todos lados se prevenía la maléfica enfermedad vacuna de la que nunca vimos un ejemplar afectado. Historias se corrían a pasto y hasta becerreros con aftas fueron avistados pero por nadie que conociéramos.

En el cruce de la vieja carretera que todavía corre a lo largo de Lerma, el poblado vecino a Toluca, se abrió un vado permanentemente lleno de un liquido por el que debían circular los vehículos con destino a la ciudad de México.

Junto, un pasillito con costales nadando en la misma agua. Los pasajeros caminábamos por ahí hasta donde se detenía el camión y seguíamos ruta por La Marquesa, donde nos daba la bienvenida un arco que todavía existe.

La siempre malévola voz popular, negaba la existencia de la fiebre aftosa y en simple conclusión, atribuía a los excedentes de leche en polvo por el fin de la Gran Guerra, la necesidad de sustitución de la leche natural.

Hasta entonces se guardaba el llamado extracto de café en hermosas aceiteras de cristal. Bebida vetada para los niños, mirábamos con deleite cuando en vasos de grueso vidrio servían espumosa leche bronca calientísima. Se vertía al gusto el contenido de la aceitera.

Pronto la leche fue sustituida por un polvo insípido que teóricamente era crema en polvo y que ha terminado por ser maíz pulverizado. Sobre café que, por cierto durante el conflicto mundial, se advertía: N… no es café.

Mientras en todo el estado los ganaderos miraban llorosos el asesinato de sus amados animales, en la Tierra Caliente, del lado de Guerrero, bandas armadas a caballo impedían el arribo de los matanceros gringos.

Los enviados imperiales llegaban en vehículos militares no necesariamente nacionales. Los soldados mexicanos acompañantes, servían el café, limpiaban los carros y estaban a total disposición, como sirvientes, de los criminales armados.

Participaban arreando a los semovientes hasta la orilla del enorme foso excavado para recibir los cuerpos masacrados. Ataban a las vacas con su becerros.

Desde una distancia media, la precisión del tiro no era indispensable sino estrictamente para empujar a los animales al hoyo. Por el gran calibre del arma era tarea sencilla.

Y detrás la tragedia: los becerros, sin herida alguna, caían con su madre. Allí, sin mayor cuidado, un trascavo empujaba costales de cal viva que eran rápidamente humedecidos. Los lamentos del ganado, semejaban llantos humanos.

Sin dejar pasar tiempo, el trascavo lanzaba tierra hasta dejar sepultados a los animales. Pronto el suelo parejo, quizá sembrado, ocultara el crimen. Los tiradores gringos guardaban en los estuches las armas y dejaban que la eterna y transa burocracia nacional hiciera cuentas.

Sin detallar razas ni características de las reses, se establecía una tasa común: 400 pesos por cabeza incluyendo a los becerros. No era lo que cobrarían después a la Comisión donde una a una, aparte becerros, establecían la liquidación.

De esta operación nacieron incontables fortunas y muchas pobrezas. Los campesinos con tres, cuatro animalitos, quedaban al aire, sin sustento. Y con el dolor de presenciar el cruel asesinato de sus vaquitas…

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