Opinión

De memoria

El halconazo…

Carlos Ferreyra

Esta historia es muy revuelta y comienza cuando, hecho excepcional, me conceden una visa para estar presente en el juicio contra cuatro jóvenes pescadores cubanos, presos en Cayo Hueso (key west) Florida.
Como jefe de corresponsalía de la agencia cubana Prensa Latina, era obvio que no podría entrar a territorio estadunidense.
En una reunión social de la Asociación de Corresponsales Extranjeros en México, de la que era tesorero, un funcionario de la embajada, de apellido Cibulsky, ofreció tramitar un permiso, una sola vez y destino previsto.
Un par de días después iba camino al aeropuerto, con un problema: dejé mi cartera, dinero y pasaporte.
Apresuradamente regresé a la casa, tomé los objetos y salí disparado al avión que ya iba volando.
Intenté otro vuelo con escala, pero la embajada me había condicionado sobre vuelo
y línea aérea, hotel de llegada, transportación a Cayo y también allí lugar de pernocta.
No llegaría directamente a Florida sino que tendría que transbordar desde otro lugar. En el asiento vecino fue colocado un hermano de Enrique Guzmán , empleado de Prensa de la Presidencia al que conocíamos como el Arquitecto Pinal, por su profesión y por la relación marital del hermano.
Sin incidente alguno, Guzmán, Emilio creo, se dedicó a presumir los negocios que tenía extrafronteras. Se puso a mi disposición si algo se me ofrecía hasta el momento en que pasamos a la banda de equipajes.
Allí el funcionario mexicano nacido en Venezuela, se desapareció con la velocidad de un galgo en competencia.
Como en película gringa, mientras jalaba mi petaca, dos sujetos con cara de policías de Hollywood, gabardina ambos y uno con sombrero a la Mike Hammer, se colocaron a mi lado. Uno me sujeto tiernamente del brazo y el otro, muy gentil decidió ayudarme con la maleta.
Pasamos a una estrecha oficina en la que los inocentes intentaban sacar información en inglés a quien sólo sabía decir jamanegs and glass of milk.
Desarmaron a velocidad admirable mi cámara, las lentes angular y telefoto, la grabadora y con un cuchillo idéntico a los que usamos para pelar pepinos, abrieron surcos por la geografía interna de la maleta.
El siguiente paso era tasajear la ropa, pero con inspiración celestial pude decirles que tenía un permiso de Cibulsky y que iba al juicio de los jóvenes cubanos a Florida.
Teléfono sin dial, consulta rápida y aventando todo en el veliz, carrera a toda velocidad hasta un mostrador donde esperaba una empleada con el boleto respectivo. Nueva carrera y apenas me sentaba cuando el avión comenzó a carretear. Del arquitecto Pinal no llegué a saber más ni allá ni aquí, seguro dio por sentado que yo pasaba a engrosar las filas de Sing Sing.
Los días en Miami y en Cayo Hueso fueron una experiencia al principio, muy grata; al final y aparentemente detectado como agente cubano, salí huyendo entre miradas torvas, mal servicio, saludos rechazados y sujetos que se rascaban la barriga, como buscando un arma.
El 10 de junio entre peticiones de La Habana para que aguantara mas tiempo, me fui al aeropuerto donde todavía me localizó desde México Lore, la administradora de la corresponsalía.
Si en algún momento consideré acatar la orden, las noticias de la televisión me ratificaron la necesidad de llegar a México. Cada manifestación o protesta pública, la policía allanaba las oficinas y era capaz de detener a las secretarias y a todo el que estuviese en ese momento presente.
Llegué, fui a comprobar que no había daños y luego como miembro de la directiva de ACEM, fui a presentar las respectivas quejas y protestas que con gran amabilidad y comprensión nos recibió Fausto Zapata.
En la tarde del fatídico Jueves de Corpus, la corresponsal de Washington Post, Marlise Simmons , fue secuestrada. Se exigió su aparición sana e inmediata. Fausto usó la línea roja y antes de decir ya, se recibió la nueva: Marlise estaba esperando en tal lugar.
Se reclamaron los daños físicos y al equipo de Tony Halik, un histórico aviador veterano de la Segunda Guerra, polaco de nacimiento, inglés por adopción y protagonista de mil y un episodios de las luchas sociales del continente.
Paso a paso reconstruimos la génesis de Los Halcones. Formados por un equipo en el que se mezclaban policías y militares y bajo las órdenes de un jefe castrense habilitado, se hizo un barrido de toda suerte de lumpen, comenzando por los barrenderos y luego pandilleros de los barrios cercanos a La Villa.
Los entrenaban en un campo deportivo de San Juan de Aragón y las especialidades eran tiro con rifle y combate con las varas kendo. Fue lo que usaron y así lo mostró Armando Salgado, el veterano fotógrafo ya desaparecido, autor de la icónica gráfica de Genaro Vázquez Rojas.
Cayó el regente Alfonso Martínez Domínguez que tomó un odio enfermizo contra el autor real, Luis Echeverría que también destituyó al jefe de la Policía, Coronel Rogelio Flores Curiel.
Pero, para recordar, en política no hay, no había muertos. Martínez Domínguez luego fue senador y gobernador de Nuevo León y Flores Curiel ocupó el cargo de gobernador en Nayarit.
Y de paso, el primero dejó una herencia multimillonaria, el segundo murió en la precariedad de los salarios modestos…

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