Opinión

De memoria

Una vida temblorosa…

Carlos Ferreyra

 

Son recuerdos sueltos, como no debe ser, sin orden ni concierto, pero más o menos es lo que tengo presente de mi temblorosa existencia.


En torno a los primeros años de la década de los 40, se destapa el Paricutín, Morelia se cubría con un manto nuboso que no era sino ceniza volcánica y constantes temblores, unos fuertes y otros muy pasables.

Mi madre corría por sus pollitos a los que colocaba bajo el marco de alguna puerta, los brazos en cruz, y a rezar hasta que dejaba de moverse el mundo.

Mi padre, por su lado, se moría de risa y ante la impotencia materna decía que mas valía correr como diablos que morir aplastados como santos. Sugería que en vez de rezar nos saliéramos al parque frontero.


Fue una época combinada con la Segunda Guerra Mundial, así que entre volcanes y bombardeos pasábamos la existencia, realmente sin agobios ni carencias.

Pasaron muchos años sin que recordáramos el asunto de los temblores, nos cambiamos al añorado Distrito Federal y entre viviendas, caímos en Bahía de Santa Barbara.

Al principio nos alarmaba el paso de los camiones cerveceros que cimbraban el veterano edificio, que todavía existe y esta de pie. En la calle, agujeros redondos lanzaban chorritos de agua cada paso de vehículo pesado.

Nos acostumbramos. El departamento que ocupábamos tenía un discreto balconcillo por el que acostumbrábamos, mi hermano y yo, asomarnos en las mañanas y respirar el aire fresco que por entonces era normal.

Alrededor de las dos de la madrugada de ese día de 1957, mi hermano me pregunta si lo sentí. La respondo qué cosa y me comenta, el temblor.

Mi respuesta fue simple: déjame dormir, yo me acuesto a dormir no a ver si hay temblores.

Mi hermano se quedo con la seguridad de que había sido una ligera remezón. Y como de costumbre, salimos al balconcillo, desde el que mirábamos todos los días el Ángel de la Independencia.

No existía el Circuito Interior y a lo largo de Santa Julia a Reforma Chapultepec, corría la avenida Río Consulado. Dos carriles centrales, igual número laterales.

Al centro una gran joroba jardinada que desde nuestra perspectiva mañanera, parecía que el monumento estabam asentado en ese sitio.

Gran asombro cuando ya no había Ángel a la vista. De camino al trabajo encontramos edificios hundidos a lo largo de la antigua Calle de las Artes y al llegar al cruce con Reforma.

Pasaron otros años, en 61 o 62 nuevamente bailoteo. Curioso, en cada incidente de estos, los dictámenes oficiales encontraban el uso de arenas en donde debía haber concreto, y alambrón en lugar de varillas.

Mas desgracias y hogares deshechos pero ningún responsable. Siguió la fiesta, al llegar al edificio Guardiola donde trabajaba, se desató el temblor, la Torre Latinoamericana le ponía en su abuela al chaparro hotel vecino y del edificio sede central del Banco Internacional se desprendían enormes lajas de la fachada.

Por razones de salud, estaba sometido a ciertos tranquilizantes, así que cuando vi lo que pasaba me coloqué en la puerta del edificio, del lado de Madero y allí contuve la avalancha de cajeras histéricas que querían salir a la calle.

Supongo que impedí que alguna muriese bajo las monstruosas piedras cuadradas. Merecí el elogio de las alturas, el agradecimiento verbal y fue el momento en que decidí que no volvería a aceptar los medicamentos que me daban. Nunca más los requerí.

Tras los trastupijes de Carmen Lira, Luis Gutiérrez y el Payán que se dejaba arrastrar de un lado a otro, abandoné Unomásuno y empecé a buscar colocación.

Me propusieron hacer un video de televisión en torno al presidente José López Portillo. Acepté, el pago era bueno y no tenia condiciones previas.

Me apliqué y decidí presentar a un ser humano con inquietudes intelectuales y muy organizado para cumplir sus responsabilidades de gobierno. Nada exagerado, simplemente realista.

No les gustó porque deseaban mostrar a un super hombre capaz de las mayores hazañas físicas, montar, luchar, nadar, tiro con arco, tiro con pistola y concluir con una imagen para la masa: hincado recibiendo la bendición de su madre.

Obvio, renuncié pero se quedaron con mi guión que por fortuna pagaron. Le dieron el encargo a uno de los escritores de la Hora Nacional esa “hora de union” de todos los mexicanos que apagaban simultáneamente sus radios.

Me encontraba trabajando en un edificio de la calle Guanajuato. De hecho, dos inmuebles unidos mediante el simple expediente de tumbar paredes y emparejar pisos.

Comenzó el baile, era temprano en la mañana y eran pocos los trabajadores, casi todas mujeres.

El edificio tronaba horriblemente y las uniones del piso se separaban y luego chocaban. Claro que me asusté, pero una compañera se congeló, lloraba y no podía moverse. Algo me impulsó a abrazarla y tratar de tranquilizarla.

Se calmó y entonces me vino una ligera temblorina que pude disimular. Otra vez me cubrí de gloria.

Llegó 1985 de infausta memoria. Fue tan terrible y tocó tan de cerca, que me cuesta trabajo hablar del tema. Ningún familiar afectado pero amigos, colaboradores, sus hijos, algo doloroso hasta la fecha.

Del 57 no tengo recuerdo alguno. Digamos que no lo registro ni lo almaceno, salvo las improvisadas brigadas de salvamento, ejemplares, inolvidables.

Tembló después de un simulacro. Genial puntada de la naturaleza. Ya platiqué la escasa atención que el temblor le mereció a los vecinos de la enorme vecindad dónde vivo. Un sexteto de niños curiosos que salieron a ver qué pasaba y los empleados de vigilancia frustrados con sus equipos de control de multitudes, banderines y esas cosas.

Ayer o más bien esta madrugada desperté porque sentí inquieta a mi esposa. Nada, estaba profundamente dormida, así que por pura curiosidad prendí la tele y allí estaba: 6.6 con origen en la costa michoacana.

Michoacán entre el Mencho y los temblores, ¡Ay Michoacán..!

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