Opinión

El aire que respiramos también es un derecho: ONU

En la Ciudad de México y la zona Metropolitana, en el 2022 se han protagonizado contingencias ambientales a consecuencia de la superación de los límites permisibles de concentración de contaminantes

DOXA

 

Si bien es fuente indispensable para los seres vivos, el aire que respiramos también es un derecho, eso es lo que sostiene la ONU al referir la problemática asociada con la contaminación del aire en el mundo (ONU, 2021). En la Ciudad de México y la zona Metropolitana, en el 2022 se han protagonizado contingencias ambientales a consecuencia de la superación de los límites permisibles de concentración de contaminantes, entre ellos: el monóxido de carbono (CO), óxidos de nitrógeno (NO); además de las partículas suspendidas (invisibles) PM2.0, PM 2.5 y el carbono negro.


 

Si bien esta afectación resulta multifactorial, una de las causas más importantes es el nivel de congestión vehicular que existe, lo que resulta obvio si consideramos que en la Ciudad de México diariamente hay desplazamiento de un gran número de personas para llegar a sus empleos, escuelas y los servicios que mejor les convienen.

 


De acuerdo con la encuesta del INEGI, origen-destino 2017, del total de viajes con origen en los municipios conurbados del Estado de México, un 13.2% tienen como destino alguna de las alcaldías de la CDMX, mientras que el 12.5% de los viajes con origen en la Ciudad, tiene como destino la zona conurbada en municipios principales del Edomex. Lo que confirma que la movilidad por lo menos entre estas dos demarcaciones de la Megalópolis, es recíproca e inminente.

 

Estudios del Banco Interamericano de Desarrollo (BID, 2021), confirman que América Latina sostiene los costos más altos por congestión vehicular; siendo Sao Paulo, la capital en donde se observa el problema más grave, seguido de la Ciudad de Buenos Aires y tan sólo un lugar debajo, nuestra Ciudad de México.

 

Pero la congestión vial además de representar un problema para la calidad del aire que respiramos, también implica amenazas a la salud pública y afectaciones a la población en general, y en particular a grupos vulnerables, como mujeres, niños, personas adultas mayores, personas que viven en situación de pobreza, así como las personas con padecimientos respiratorios (ProAire 2021-2030).

 

La Organización Mundial de la Salud (OMS), también ha reconocido el aumento de la mortalidad por enfermedades cardiovasculares, respiratorias, cáncer de pulmón entre otras, que aún no han sido reconocidas por la comunidad científica.

 

Tan sólo, durante el año 2018 (ProAire,2021), en la Ciudad de México y el Estado de México, los padecimientos por infecciones respiratorias agudas (IRA) resultaron la principal causa de morbilidad, con indicadores del 54.1% y el 58.99% por encima de otros padecimientos.

 

Hay que agregar que son las y los usuarios del transporte de automóviles, autobuses y transporte colectivo, quienes se encuentran expuestos a niveles más altos por contaminación atmosférica, seguidos de quienes utilizan automóviles con ventilación controlada, así como los ciclistas y los peatones.

 

A esta gran afectación contribuímos las ciudadanas y los ciudadanos, ya que hemos privilegiado en gran medida el uso de automóviles respecto a otras posibilidades de traslado (BID, 2021, OMS, 2021).

 

Y es que a pesar de que la inversión en infraestructura de transporte público forma parte de las medidas consideradas como buenas prácticas; para el caso de nuestra zona metropolitana, el desafío para combatir el ciclo congestión vial- contaminación-afectación a la salud, se encuentra en aumentar la preferencia de los ciudadanos para usar el trasporte público.

Sin embargo el conjunto de microbuses y combis, así como trolebuses, metrobuses y el Sistema de Transporte Colectivo Metro; en notables ocasiones han sido objetos de críticas por sus características de fragmentación, dispersión y falta de conectividad entre las vialidades que conectan.

 

Así como las afectaciones que viven en términos de inseguirdad al interior de sus unidades, que ya bastante son las evidencias que  circulan por las redes sociales a través de videos captados en tiempo real sobre esta lamentable situación.

 

Por su parte, el metro de la CDMX, en los dos últimos años ha protagonizado sucesos que refuerzan la percepción sobre lo inseguro, riesgoso y poco eficiente que resulta viajar en este medio.

 

Para muestra se encuentran los choques de trenes en la estación tacubaya en 2020, las denuncias sobre inundaciones y mal estado de las tuberías al interior de las instalaciones de algunas líneas, incendios en sus centros principales de control, y qué decir del colapso de la línea 12 del metro en mayo del año 2021, debido a fallas estructurales.

 

Este medio de transporte representa riesgos por las dudas técnicas sobre su funcionamiento, además del hacinamiento que se vive en las horas pico y sobre todo la falta de medidas de higiene y sana distancia para combatir las enfermedades de transmisión por contacto directo (COVID-19, etc).

 

Así, ante el problema de la amenaza que significa el aire de nuestra ciudad, coexiste el dilema de que, para transitar a cualquier política reconocida como una mejor práctica, irremediablemente se tiene que resolver de manera prioritaria las afectaciones estructurales del sistema de transporte, comenzando con el binomio calidad-seguridad.

 

Además, es urgente que la clase política se involucre en el diseño y la propuestas de una movilidad más sustentable en la ZMVM.

 

Después de todo, me pregunto si los habitantes de esta Ciudad, además de haber perdido la calidad de los servicios de transporte, de seguridad pública y de nuestra salud, ¿estamos dispuestas y dispuestos a perder también nuestro derecho al aire?

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