Opinión

De memoria

La zóricua…

Carlos Ferreyra

La fotografía que le estoy pirateando a no sé quién, me trajo el recuerdo de los años iniciales de la década de los 50, cuándo el clan Ferreyra Leon/Carrasco Sandoval, llegó a residir al amado Distrito Federal, convertido en la horrenda Ciudad-Estado de México.
Los apellidos corresponden a don Alfonso y doña Elena, mis padres, por los que resulto con mi nombte de pila y los apellidos Ferreyra Carrasco.
El día siguiente a nuestra llegada, fuimos a visitar a un querido pariente que vivía a unas calles de La Villa. Los señores, el anfitrión, viudo, y mi padre se dedicaron a hacerle los honores a Baco. Mi hermano Alfonso y yo, fuimos invitados por el primo y dos de sus amigos a recorrer la capital.
Apenas rebasábamos la década de vida, pero a los festivos universitarios les pareció que era tiempo de que los dos azorados provincianos se asomaran a la vida plena.
Y luego de ver el Zócalo, pasar por Santo Domingo y otros lugares, la Alameda por supuesto, de pronto estábamos en la calle de República de Panamá, conocida como la Calle Chueca o Calle del Órgano.
Un rincón bastante sombrío apenas aluzado por unos cuantos focos a la entrada de las viviendas, que se alineaban a ambos lados de los patios.
Ortodoxamente no eran residencias sino improvisados cuartuchos formados con mecates y sabanas. Dentro, un catre, un buró con botellas de líquidos con colores imprecisos y varias toallas.
No fuimos motivados sino azuzados después de acordar el precio por el servicio, creo que tres o cuatro pesos. Alfonso y yo estábamos al borde del infarto, aterrorizados.
Nunca hablamos de este triste incidente, así que no supe cómo le fue a mi hermano. Yo entré y me quedé parado al borde del llanto. La señora, de edad madura y con toda la experiencia del mundo, con una sonrisa me invitó a sentarme y me dijo que no íbamos a hacer nada. Platicar, si yo quería.
Permanecimos así mucho tiempo; de pronto se paró y haciendo un gesto como si se acomodara la ropa, exclamó: oigan, debería de cobrarles extra, el chamaco está nuevito y se portó como una fiera.
Me sentí agradecido mientras caminábamos a donde dejamos el coche. En mis orejas sonaba música celestial en las voces de las señoras que ofrecían servicios suplementarios. El más común, las revistas Chamaco Chico y Memín Pinguín.
Varias proclamaban tener perrito aunque yo no detecté can alguno ni escuché ladridos.
Dispuestos a que el agasajo fuera en grande, al transitar por Ferrocarril de Cintura nos detuvimos en una vitrina callejera para taquear. Acostumbrado a los tacos de carnitas, la sola visión del puesto me provocó nauseas: un mazacote de vísceras, el cristal opaco, grasoso, el foco cubierto de cacas de mosca que usaba el comerciante para mantener su mercancía tibia, me hizo pensar detenidamente lo que comería.
Allí estaba la respuesta. Pedí un taco de zóricua; el taquero dijo que no tenía. Ante mi insistencia, preguntó, molesto, ¿y éste güey que idioma habla, que quiere?
Señalé al fondo un trozo de tripa negruzca. Ah, exclamó, quiere rellena. De las consecuencias de ese manjar hay mucho qué hablar. Estuve con una para en la tumba…

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