Opinión

De memoria

Los calambres…

Carlos Ferreyra
En las viejas cantinas, cuando no habían sido vulneradas por las damas, en los batientes de entrada mostraban una placa metálica advirtiendo la prohibición de ingreso a mujeres, menores y uniformados.
El recinto olía acido, a orines y en el piso de mosaico o ladrillo, virutas de madera remojadas en petróleo. Sin entenderse cómo no había incendios, porque los ebrios lanzaban al piso igual escupitajos que colillas.
Como adorno, en el suelo a lo largo del mostrador cantinero, alineaban unas bonitas escupideras de latón, que nadie usaba y también había una barra anclada con abrazaderas labradas de latón, para que los ebrios contumaces no perdieran el tiempo en las sillas esperando servicio.
Un pie sobre el riel, el cuerpo hacia adelante ambos brazos encima de la barra, donde bastaban un par de golpecitos con el vaso, para que el cantinero hoy llamado bartender, volviera a surtir al consumidor.
Breve y expedito trámite que pronto mostraba sus resultados, con un ebrio buscando afanosamente unos centavos en sus bolsillos, sostenido precariamente con una mano y bueno, el final, la nada amable expulsión.
Para evadir la prohibición del ingreso femenino a lo que los varones consideraban un santuario, primero las pulquerías y luego las cantinas elegantes, inventaron el departamento de damas. Eso obligó a una mayor higiene y el uso de sanitarios diferentes para damas y caballeros, así los distinguieron. El segundo paso fue suprimir las escupideras, dejar un par en los extremos como ornato y limpiar el aserrín.
Todavía pasaron muchos años en los que disfrutar un trago muy frío acompañado de riquísimo caldo de camarón seco, muy picante, y unos tacos de guisado, igualmente chilosos, seguían siendo privilegio reservado a los señores.
Algunos borrachines negaban ser consuetudinario, pero aceptaban que lo eran con su itinerario. Una experiencia digna de imitar: con lealtad a toda prueba y con apunte en mano, sabían cuál iba a ser la botana y en qué lugar.
Así, acudían en días determinados a sitios programados. Sin exageración, la mejor comida regional siempre salió de las manos cantineras. Nada de tapas gachupinas, tan tiernas y de sabor tan suave. Cocina mexicana que tras su elaboración escondía la trampa.
Los guisos eran tan condimentados y picantes, que no quedaba de otra más que una mordida y un buche para atemperar los efectos.
Al caer la tarde, muchos seguían bebiendo pero acompañados por el dominó. Los más, platicaban y esperaban al siempre presente hombre con el aparato para dar toques. Todos aceptaban, porque, ¿sabían ustedes? Eso fortifica los nervios. Entre los que compartían una mesa se hacían competencias a ver quién alcanzaba el nivel mas alto. Se prestaba a bromas que lindaban con las broncas cantineras que comenzaban con el abrazo cariñoso entre amigos.
En Excélsior se platicaba la anécdota de un reportero, Lozano, que con los brazos al revés, casi sin poder hablar mientras el hombre de los toques cumplía con quienes le pagaban la tortura, para dar fin a su dolor gritó: párale, jijo de tal por cual, que soy de Excélsior.
Era tradicional, luego el beso cariñoso en el cachete, la manifestación reiterada del Yo soy tu amigo, a lo que seguía Yo soy tu hermano y terminaba con manoteos de ebrios con Yo soy tu padre. Fin de fiesta.
Al día siguiente las explicaciones, el no me acuerdo y la cita para la borrachera de esa tarde. La reconciliación y la repetición del episodio anterior.
Cuando se decidió abrir libremente las cantinas a las mujeres, el clamor del risible sexo fuerte, fue que ya no habría charlas en voz alta ni libre expresión. Entiéndase por tal, mentadas y leperadas a granel. Era nuestro dolor.
Con el paso del tiempo y lo podemos constatar en las redes, las señoras usan un lenguaje tanto o más florido que los señores.
Algo para aprender y lamentar, ese México rabón pero delicioso…

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