Opinión

De memoria

El gran censor…

Carlos Ferreyra

Acostumbrados a la idealización de las figuras publicas, rechazamos cualquier pensamiento que las devalúe, así damos por hecho que los herederos con las propiedades reciben el genio, la capacidad para continuar la obra.
En el Senado tuve cercanía con Miguel Alemán, heredero de lo que suponíamos una fortuna inacabable. Mientras se limitó a recibir el producto de empresas como una fábrica de aceros, todo iba bien, inclusive alcanzaba para caprichos como la copropiedad del diario Novedades.
Pero entre la escritura de libros, para lo cual contaba con la colaboración amanuense de un intelectual refugiado español, y su decisión de apoyar a su hijo para la aventura de Interjet, la bolsa se fue vaciando. Hoy se encuentra en Europa evadiendo a la justicia.
Seguramente más listo que Alemán que lo mismo intentó colarse en la Tv, Emilio Azcárraga dejaba la parte de producción a De Llano y los contenidos, la fiscalización, a su secretario particular, un joven de gran inteligencia y muy vasta cultura.
Félix Cortés Camarillo era el hombre al que por instrucciones de Héctor Anaya, presentaba diariamente el guión de Cada noche… lo inesperado, que conducía Luis Spota acompañado por un lindo adorno, Lolita Ayala.
Nunca tuvimos un tropiezo, creo que jugábamos acertadamente con las reglas del sistema pero con gran énfasis en la parte cultural y académica.
Esta división de responsabilidades le daba paz y tiempo al Tigre Azcárraga para corretear vedetitas, con alguna o algunas de las cuales se casó.
En la entrada de Chapultepec 18 varios uniformados cernían cuidadosamente el acceso. No cualquiera entraba sin previo aviso y consecuente autorización, aunque había ciertos sujetos muy conocidos a los que sin chistar les franqueaban el paso.
Un manejador de bofes, Arturo “El Cuy” Hernández, tuvo un desacuerdo con Spota que era el cabecilla de la Comisión Nacional de Box, máxima autoridad de ese deporte.
Spota hizo saber que retiraría la licencia al Cuyo. Éste, alarmado por su posible exclusión, se presentó durante el programa; acompañado por un par de gorilas de nariz aplastada, orejas de coliflor y aspecto temible.
A la puerta del estudio se colocaron. Pedimos auxilio a los uniformados de seguridad que explicaron que lo dejaron pasar porque era un personaje conocido y con anteriores visitas.
Con gesto humilde, cara de perro apaleado, El Cuyo intentó hablar con Spota que sin dejar de caminar a la puerta, lo calló, y le dijo que “nuestros amigos no están contentos con usted y le advierten que esta ocasión se la dejan pasar, pero si insiste, le va la existencia”, con lagrimas y ante la indiferencia del escritor, el manager clamaba: perdón, don Luis, por favor perdóneme.
Fue horrible, una escena digna de una película mafiosa. Me sonaron “campanitas” preventivas en la cabeza.
Casado con una señora muy enferma, no se preocupaba nada por ella. Antes bien, cuando le llamaba por teléfono el escritor sufría ataques de ira, aunque la llamada fuese necesaria por algún incidente en la salud de la esposa.
Días antes del festejo de Muertos, falleció la cónyuge de Spota. Haciendo de tripas corazón fuimos Agustin Granados, Héctor Anaya y yo a la funeraria para expresar soludaridad. Yo por delante.
Me acerqué, Spota estaba en un sillón con aire despreocupado. Me miró de soslayo y sin escucharme se dirigió a Anaya: Héctor, ya tengo el tema de nuestro programa, la vaciedad de las condolencias…
Di la media vuelta y me fui a casita. Sin comentar nada con mi jefe directo, Anaya, supo que ya no participaría en el programa.
Amigo leal me permitió aparecer en otros espacios pero ya nada que ver con el eficaz saqueador de tesorerías estatales…

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