Opinión

De memoria

Más fantasmas y aparecidos…

Carlos Ferreyra
Lo he comentado hace muchas lunas: en la iglesia de la Virgen de la Sorerraña, advocación no encontrada en ningún santoral, había dos sacerdotes, uno enano, bilioso enjuto y siempre buscando sobre quien desatar sus enojos.
El otro altísimo, robusto, mofletudo y como corresponde a todo cura de pueblo con cachetes y nariz rojas, símbolo de satisfacción y del respeto a la tradición vespertina del chocolatito caliente y los panes que les hacían llegar a los dos ensotanados de un convento cercano.
A diferencia del cura chaparro, éste era bonachón, buen conversador y solía pasar los atardeceres en las hermosas bancas de cantera rosa de la plazuela, narrando historias, tradiciones y leyendas de la ciudad, Morelia, en aquel entonces una pacata población de no mas de 35 mil seres.
El minicura, que al parecer era el mero jefazo, dedicaba su tiempo y su energía, su bilis, a reconvenir al mocherío que vaya que le sobraba material humano. Entre ellas mi abuela paterna Chite, que a las cinco de la madrugada, cruzaba el conocido Jardín de la Soterraña o Plazuela de Rayón.
Claro, a esas horas ni las gallinas ponen ni los perros hacen sombra. Llegaba al enorme portalón, lo empujaba, no cedía y emprendía el regreso a casa para alistarse a participar en la misa de seis o de siete, algo así. Al bilioso ministro de culto le sacaba de quicio con estas manías tempraneras, pero además lo ponía al borde de un ataque, la insistencia de Chite para asistir al Trisagio.
Parece que esa es una ceremonia vespertina pero de la que nunca, nadie, me pudo ilustrar. Era uno de los motivos de existencia del ensotanado, que seguramente habría perecido de no tener ocupada su alma, su pensamiento y su ser entero, a las beatas.
Al sacerdote amistoso le encantaba horrorizar a los mocosos que lo rodeábamos, escuchábamos sus relatos y por si las moscas, subíamos las piernas a la banca. Ya saben, los espíritus malignos surgen de abajo y te jalan de las patas.
Había un cuento en el que el malvado relator se refocilaba especialmente. Su descripción era tan vívida que llegamos casi a ver la aparición.a
El animal se aparecía a los trasnochadores y salía de algún lugar vecino a la tienda de El Soldado, que también tenía su leyenda con un militar descabezado por protagonista. Esa narración no nos conmovía, pero la puerca, los puerquitos…
El animal recorría la calle del lado de Guerrero, por la tienda El Cometa de 82’ gruñía y cuando se topaba con algún ebrio, se detenía y lo regañaba, le preguntaba por su familia, le decía otras cosas más y seguía camino hasta desaparecer no se sabía cuándo ni dónde.
Un primo, ebrio perdido, se encontró con el animal que lo reprendió seriamente. El primo se había quedado dormido en una banca, hasta donde llegó el animal con su prole a despertarlo con gruñidos furiosos, casi agresivos.
El pariente, que vivía a la vuelta de la esquina, salió hecho la mocha, abrió la ventana de la recámara que daba a la calle, pisoteó a su madre, la tía María y pegando alaridos que despertaron a toda la cuadra, se refugió abajo de las cobijas de su cama.
La puerta de la casa se cerraba en la noche y si alguien quería entrar, debía hacerlo por el balcón al que la tía colocaba pegadita su cama. Para entrar tenían que darle sus pisotones, pero así lo decidió ella.
Daniel, el primo, duró catatonico, ido, varios días hasta que una milagrosa botella de charanda le desamarró lo que se le había cuatrapeado en la cabeza, avalando así la sabiduría popular: para todo mal, mezcal; para todo bien, también…

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