Opinión

De memoria

Andares y avatares de un bracero

Carlos Farreyra

Acudo por hoy al relato de don Francisco Trejo a su hijo, el contador Ricardo Augusto. Es una tierna remembranza que vale conocer.
Esta historia comenzó por una razón meramente económica; mis padres contrajeron matrimonio el 23 de enero de 1950, en ese mes mi mamá quedó embarazada y para mayo tuvo amenaza de aborto, lo que obligó a mi padre a internarla en un hospital de Tulancingo, cuestión poco habitual para los habitantes de una comunidad como Pahuatlán.
El desembolso fue cuantioso para el matrimonio, obligando al esposo a buscar una solución. Un compadre le comentó que había sido contratado por una empresa para trabajar en Estados Unidos y que las condiciones eran buenas, que se ganaba dinero y podría salir del apuro.
Se trasladaron a Monterrey, ahí se llevaría a cabo la contratación; una vez hecho el trámite, los paisanos empezaron a festejar en salones de baile, clubes nocturnos, vuelta en avioneta para observar la cuidad y comilonas del tradicional cabrito; así se quemaron sus ahorros, “al fin ya estaban contratados”.
Mi padre, siempre precavido y no acostumbrado a estos excesos, no participó, guardó sus $25.00 pesos sobrantes por lo que pudiera suceder. Y así llegó el día en que emprenderían el viaje a la Unión Americana.
Comenzaron las despedidas pues fueron llevados a diferentes estados, esperando los elegantes autobuses de pasajeros que nunca llegaron; a cambio arribaron vehículos militares para transportar tropa; fueron acomodados uno contra otro y rodilla con rodilla, sumamente incomodos y con jornadas de entre cuatro y seis horas.
Previamente los sometieron a sanitización pasándolos por regaderas de agua helada y después a una desinfección con mangueras y con DDT en polvo en axilas, geniales y donde la espalda pierde su honorable nombre .
Después de la segunda parada para pasar a los sanitarios, se encontró a su compadre que viajaba en otro transporte, con lágrimas en los ojos le dice que no es posible, nos tratan como animales. La comida la entregaban en una bolsita de lona y consistía en enlatados, pan de caja y frijoles dulces.
Casi la totalidad eran campesinos que ansiaban comida recién hecha, tortillas del coman y café caliente. Y nadie traía dinero para comprar una Coca Cola o un café de 10 centavos americanos; fue cuando aquel guardadito salió a la luz: fueron al restaurante pidieron dos cafés y el compadre, conmovido, le dijo “me vuelvo a sentir humano”.
Al tercer día los llevaron a unos barracones donde tenían un estufa, camas alineadas como hospital, donde se acomodaron y de inmediato los repartieron en los campos de algodón, para que empezarán a laborar y desquitar los gastos del viaje.
Las condiciones que se hicieron patentes eran ventajosas para el patrón que les daba una bolsa de lona de dos metros de largo (gente de talla mediana) y se la colgaban al cuello para así ir recolectando el algodón de los capullos y tener la dos manos libres. Según lo que recolectaban era lo que pagaban, siempre y cuando hicieran un mínimo de libras.
Comenzaba el invierno en San Luis Missouri, frío de verdad donde los ligeros abrigos de los paisanos no alcanzaban a protegerlos del clima; el capataz Jimmy, pocho por supuesto, hoy en la modernidad chicano, los espoleaba a las 5 de la madrugada para el trabajo temprano, ya que por la tarde era casi imposible continuar por la nieve y los capullos congelados que se metían en las uñas y las dejaban sangrando.
Para el caso, mi padre no era campesino su resistencia al trabajo físico era limitada, pero qué caray, había que cumplir con el trato y reunir el recurso adeudado, no había otra que aguantar hasta donde fuera posible lo cual se extendió hasta el mes de diciembre y de regreso a casa.
Religiosamente mandaba cada sábado entre 20 y 50 dólares por aquello de tentaciones y falta de seguridad; se quedada con lo indispensable para comer y alguna golosina a las que era muy aficionado.
Al regreso, lo primero fue consultar con su esposa cómo había utilizado el dinero, ella acostumbra a las cuentas en la tienda, le dio una lista con cada recepción monetaria detallada en su libreta de apuntes; descubrió que una money orden faltaba, vino la búsqueda y se concluyó que nunca la había recibido.
Se reclamó al banco explicando que había sido un envío por 200 dólares y no lo podían dejar pasar.
Demasiadas horas de trabajo, sacrificios y pesares, el banco mandó su respuesta con ambas caras del cheque en fotostáticas, que en aquellos tiempos y lugares no se conocían.
El cheque había sido depositado en la cuenta de la tienda “High Life” que al interesado no le decía nada. Le explicaron: “es una tienda muy importante en la Ciudad de México, ahí utilizaron el cheque”.
Mi madre ya había vivido en la Ciudad de México y el cheque estaba a su nombre; se traslado a hacer la reclamación, acompañada por el Tío Rodrigo quien conocía la situación. Pidieron hablar con el encargado que los llevó con el contador, seguramente involucrado (enfermedad profesional) que propuso entregar el dinero previo firma de una letra de cambio.
El tío amenazó: si no devuelven el dinero voy al Excélsior a denunciar que están robando a los braceros. Entró al quite el gerente: con todo gusto le devolvemos su dinero pero tráiganos una carta de referencias comerciales sin saber que tenían contacto con Acasuso Hermanos que expidió la carta, ademas eran clientes de la tienda, por lo que no hubo más inconveniente.
Los paisanos esperaban el menor pretexto para echar a volar la imaginación; se enteraron del incidente y decidieron hacer usarlo para gastarle una broma a mi padre.
Fueron al telégrafo y pidieron al telegrafista simular un aviso entregado por mensajero con su libreta verde, comunicado de por medio, que saludó y sin más, entregó la libreta, la recogió mi padre y firmó.
El Texto: Pancho va a esa policía judicial, asunto HigLife.
Atentamente. Acasuso Hermanos.
Al ver el texto sé descompuso todo, mi madre recién aliviada y él se veía esposado, en coche de la policía. En ese momento llegó el compadre Jacob, al que mostró el escrito; lo lee con parsimonia, se rasca la cabeza y sentencia: Te vas a la casa, te subes al tapanco ahí está la retrocarga. Te aseguro que no hay hijo de la chingada que te baje.
La palomilla disfrutaba del espectáculo, que terminó cuando recordaron a mi padre, fusil en las manos, que era 28 de diciembre Día de los Santos inocentes.
Rrff
Y tras la broma se les tuvo que invitar la copa y la botana como Albricias…
La ilustración, voladores de Papantla con la sierra poblana como grandioso marco.

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